Las historias que nos contamos
Hay días en los que la mente se convierte en una especie de sala de cine barata: luces tenues, palomitas frías y una película que nadie pidió, pero que igual se proyecta.
Ahí, sin boleto ni permiso, aparecen los desconocidos que vemos pasar: la chica de la cafetería, el vecino que siempre baja tarde, el hombre que revisa su celular con gesto de urgencia. Y de pronto, sin saber cómo, los convertimos en protagonistas de una historia inventada.
Les atribuimos romances secretos, traiciones silenciosas, despedidas dolorosas. Construimos triángulos amorosos completos en cuestión de minutos. Incluso llegamos a sentir celos por personas cuyo nombre ni siquiera sabemos pronunciar.
Es curioso cómo funciona este pequeño teatro interno.
La psicología tiene un nombre para ello: narrativa proyectada. Es ese impulso tan humano de rellenar los huecos con historias para que el mundo nos resulte menos incierto. Nuestro cerebro prefiere una historia equivocada antes que un vacío sin explicación.
El problema es que, a veces, en lugar de tranquilidad nos regalamos tormentas.
Creamos fantasías que solo existen en nuestra cabeza. Guiones escritos desde el miedo, la inseguridad o esa vieja costumbre de mirar hacia afuera para evitar mirarnos por dentro.
Lo más irónico es que esos relatos imaginarios nos afectan como si fueran reales. Sufrimos el drama del capítulo final antes incluso de haber conocido a los personajes. Le damos a un gesto ambiguo el peso de una confesión. Convertimos una mirada casual en prueba de abandono.
Y así, sin darnos cuenta, terminamos agotados… espectadores de una historia que nunca ocurrió.
Desde la psicología, este hábito tiene raíces profundas: la baja tolerancia a la incertidumbre, los vínculos inseguros y la necesidad de sentir que tenemos algún tipo de control. Cuando no confiamos del todo en nuestra propia estabilidad emocional, la mente llena el silencio con ruido.
Y ese ruido, si no lo detenemos, termina asfixiándonos.
Por eso vale la pena hacer una pausa y preguntarnos algo muy simple:
¿Qué parte de esta historia estoy inventando yo?
Porque, al final, lo que vemos afuera muchas veces refleja lo que llevamos dentro. Si convertimos a los demás en amenazas imaginarias, tal vez es porque tememos no ser suficientes. Si imaginamos amores imposibles, quizá estamos evitando el trabajo real de construir uno verdadero.
Vivir con menos ruido mental no significa dejar de imaginar —la imaginación también es un regalo—, sino aprender a distinguir entre lo que ocurre y lo que proyectamos.
Es volver al presente. A lo tangible. A lo que sí existe.
A los vínculos que se construyen conversando, no adivinando.
A los afectos que se sienten, no a los que se fabrican en la penumbra de un pensamiento desbocado.
A veces basta un gesto sencillo: cambiar la historia.
No la de los demás, sino la que nos contamos a nosotros mismos.
Una donde no haya villanos imaginarios ni amores fantasma.
Una donde podamos descansar.
Porque la vida ya es suficientemente compleja como para vivir dentro de una película que nunca va a estrenarse.
Paty Coen

Comentarios
Publicar un comentario