El enemigo invisible: cuando el estrés comienza a gobernar tu vida


Alguna vez fue llamado 
la enfermedad del siglo XX, pero en realidad el estrés no se quedó en ese siglo: hoy se ha instalado en nuestras vidas como un huésped permanente.

Muchos lo conocen como ansiedad. Y, en cierta medida, el estrés cumple una función útil: aumenta la adrenalina y nos mantiene alertas cuando enfrentamos situaciones que requieren concentración o rapidez. En pequeñas dosis, puede ayudarnos a reaccionar y a lograr objetivos.

El problema aparece cuando deja de ser momentáneo y se convierte en un estado permanente.

Entonces el cuerpo comienza a pagar la factura.


El estrés prolongado suele manifestarse con problemas para dormir, miedo constante al futuro y una sensación de inquietud que nunca desaparece. Con el tiempo puede abrir la puerta a trastornos más serios, como la depresión.


Señales de que el estrés está dominando tu vida


El cuerpo siempre habla, aunque a veces no queramos escucharlo. Algunos síntomas frecuentes son:

Miedo o inquietud constante

Agitación y nerviosismo

Insomnio

Temblores o cansancio excesivo

Palpitaciones o sensación de martilleo en el pecho

Zumbidos en los oídos

Presión arterial elevada


También se manifiesta en el comportamiento cotidiano. Las personas con altos niveles de estrés suelen:

Moverse con rigidez o rapidez excesiva

Hablar con tono agudo o acelerado

Tener poca capacidad de atención

Cambiar constantemente de tema en una conversación

Mostrar hostilidad o explosiones de enojo

Consumir más café, tabaco o alcohol


Además, aparece una necesidad obsesiva de hacer todo deprisa: subir escaleras de dos en dos, realizar varias tareas al mismo tiempo o desesperarse cuando alguien habla con calma.


Cuando la preocupación se vuelve enfermedad


Existe un punto en el que la ansiedad deja de ser una reacción normal y se convierte en un trastorno de ansiedad.


Su característica principal es la preocupación excesiva por problemas que, en realidad, no son tan graves.


Puede hacerse algunas preguntas sencillas:

¿Mi preocupación es desproporcionada respecto al problema?

¿He vivido con esta ansiedad durante más de seis meses?

¿Estoy preocupado por varias cosas al mismo tiempo?

¿Paso horas pensando en lo mismo?

¿Tengo más pensamientos negativos que positivos?


Si respondió  a varias de estas preguntas, es probable que el estrés esté ocupando demasiado espacio en su vida.


Ataques de pánico: cuando el cuerpo cree que está muriendo


Los ataques de pánico pueden ser especialmente aterradores. Quien los sufre suele pensar que está a punto de morir.


Los síntomas pueden incluir:

Mareos

Dificultad para respirar

Sensación de sofoco

Presión en el pecho

Hormigueo en los dedos

Latidos intensos del corazón


Muchas personas acuden a urgencias convencidas de que se trata de un infarto, y a menudo los médicos no encuentran ninguna enfermedad física. Aun así, si estos síntomas aparecen, siempre es prudente consultar a un médico.


El estrés agrava cualquier enfermedad


El estrés no solo afecta el ánimo. También empeora cualquier padecimiento físico.


En algunos casos extremos pueden aparecer síntomas más complejos, como pensamientos obsesivos o conductas repetitivas —por ejemplo, la necesidad de lavarse las manos constantemente— que requieren tratamiento especializado.


Cómo empezar a bajar el estrés


La buena noticia es que existen muchas maneras de recuperar el equilibrio.


Algunas estrategias sencillas pueden marcar una gran diferencia:

Escriba sus pensamientos negativos en una libreta y revíselos cada quince días.

Rodéese de ambientes tranquilos y positivos.

Escuche música relajante o instrumental.

Haga ejercicio con regularidad.

Permítase reír con frecuencia: la risa es una poderosa medicina.

Tome pequeños descansos durante el trabajo.

Visite la naturaleza cuando sea posible: la playa o el bosque ayudan a calmar la mente.

Encuentre un pasatiempo: bicicleta, montaña, música o teatro.

Vaya al cine, camine, respire.


También es importante comer con calma y cuidar la alimentación. Frutas, verduras y una dieta equilibrada pueden mejorar notablemente el bienestar.


El tabaco y el alcohol pueden dar una sensación momentánea de calma, pero a largo plazo empeoran el estrés.


Otras herramientas útiles incluyen:

ejercicios de respiración

yoga

masajes terapéuticos

medicina natural o complementaria


Si el problema se vuelve intenso, acudir a un psicólogo puede ser una decisión fundamental.


El riesgo de ignorarlo


El estrés crónico no es un simple malestar pasajero. Puede contribuir a enfermedades graves como:

hipertensión

infartos

derrames cerebrales

embolias


Por eso es importante actuar a tiempo.


A veces basta con algo tan simple como media hora de ejercicio al día para empezar a cambiar el rumbo.


Porque hay una verdad que muchas veces olvidamos:


Lo más importante es usted mismo.


Si no se cuida,

si no se protege,

si no se escucha…


¿quién lo hará?


Nadie.


Hasta la próxima.


Paty Coen

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