Cuando el dolor se esconde en la sombra


El dolor tiene una forma curiosa de comportarse: cuando lo miramos de frente, duele; pero cuando lo escondemos en lo más oscuro de nuestra alma, se multiplica. 


Creemos que lo enterramos, que al silenciarlo nos volveremos más fuertes, pero en realidad lo dejamos crecer en la penumbra, donde puede convertirse en algo más grande de lo que imaginábamos.


La psicología ha mostrado que las emociones reprimidas no desaparecen. Permanecen ocultas en nuestro inconsciente, influyen en nuestro cuerpo, alteran nuestro estado mental y con el tiempo pueden manifestarse en forma de ansiedad, depresión o conductas autodestructivas. Es lo que el psicólogo Carl Jung describía como “la sombra”: aquello que negamos de nosotros mismos, pero que insiste en salir a la superficie.


El dolor, sin embargo, no es necesariamente un enemigo. Muchas veces es un mensaje. Nos habla de lo que nos faltó, de lo que nos hirió o de aquello que aún necesitamos comprender, soltar o perdonar. Cuando intentamos negarlo, lo condenamos a repetirse de distintas maneras. Pero cuando lo reconocemos, cuando nos permitimos sentirlo y procesarlo —ya sea a través de la terapia, el diálogo honesto o la escritura—, el dolor puede encontrar una salida y transformarse en aprendizaje.


La sanación suele comenzar con un gesto sencillo: poner palabras donde antes había silencio. No se trata de fingir fortaleza ni de anestesiar lo que sentimos, sino de aceptar con honestidad que existen heridas. Nombrarlas es el primer paso para que dejen de sangrar en la oscuridad.


Porque el dolor no desaparece cuando lo escondemos. Empieza a transformarse cuando lo miramos de frente y permitimos que salga a la luz.


Paty Coen

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